PSICO-ONCOLOGIA PEDIATRICA
Tina
Barahona Clemente.
Psicóloga de la Junta provincial de la A.E.C.C.
Unidad de Oncología Pediátrica. H.I. La Fé.
Valencia
Durante las últimas
décadas se han producido notables avances médicos en el tratamiento del cáncer
infantil, lo que ha supuesto a su vez cambios importantes en el entorno social
y familiar del paciente y su familia. La enfermedad ha pasado de ser
considerada un proceso agudo con resultado de muerte inminente, a una
enfermedad crónica, en la mayoría de los casos, con amenaza a la supervivencia
pero con posibilidades de curación. Aún así un diagnóstico de cáncer en la
población pediátrica siempre supone una seria amenaza a la estabilidad
familiar, con importantes manifestaciones psicológicas en cada uno de sus
miembros. El área de la Psico-oncología se centra en la investigación de las
consecuencias psicosociales de la enfermedad y los tratamientos, así como en la
identificación de variables predictoras
de un ajuste satisfactorio de la familia ante la situación, y la identificación
también de aquellas familias que pueden tener mayor riesgo de desarrollar
alteraciones psicopatológicas. Nos referimos a estilos de personalidad, apoyo
social, estructura familiar y variables médicas.
El cáncer pediátrico es
distinto al del adulto en cuanto al tipo de neoplásia, manifestaciones clínicas
y pronóstico; y del mismo modo también existen diferencias entre los niños y
los adultos en cuanto a la manera de experimentar y afrontar la enfermedad:
dependencia parental, temores y preocupaciones, necesidades de socialización y
desarrollo madurativo y de la personalidad. Por otro lado los padres se
enfrentan con las dificultades que implica la enfermedad como amenaza al corto
ciclo vital de su hijo, que conlleva elevados niveles de estrés y ansiedad
asociados a la incertidumbre sobre la curación, la atención a los cuidados del
niño y el manejo del mismo en cuanto a los aspectos educacionales y
comportamentales. En cuanto a los hermanos, existen pocos estudios, no obstante
las alteraciones más frecuentes son carencia afectiva, celotipia, bajo
rendimiento escolar y sentimientos de culpa.
Actualmente la intervención
en oncología pediátrica tiene un carácter multidisciplinar cuyo objetivo es
compatibilizar los tratamientos con el desarrollo de patrones de normalidad.
Así se intenta favorecer el retorno a la escuela y a sus actividades habituales
aún estando dentro de los protocolos de tratamiento. Este enfoque preventivo
permite evitar secuelas y problemas desadaptativos que podrían ocurrir a largo plazo
interfiriendo en el desarrollo óptimo del niño.
Desde un principio el niño
es consciente de la gravedad de su situación. A partir de los 3-4 años el niño
es sensible a las señales verbales y no verbales que recibe de las reacciones
parentales y del entorno hospitalario.
La comprensión de la situación estará en función del momento evolutivo que
atraviese, así como de la adquisición del concepto de enfermedad y de muerte.
Por tanto estos aspectos deberán ser tenidos en cuenta a la hora de informar al
niño sobre su diagnóstico y establecer una comunicación abierta que responda a
sus demandas y le ayude a manejar sus miedos y preocupaciones. Las reacciones
psicológicas más frecuentes suelen ser:
- Distrés agudo. Se genera por el malestar asociado a la
enfermedad y a los efectos secundarios de los tratamientos, especialmente la
quimioterapia.
- Ansiedad y miedo ante el contexto hospitalario, al daño físico y a
los procedimientos médicos invasivos.
- Irritabilidad y cambio de carácter como respuesta defensiva a la
situación.
- Síntomas depresivos, debido fundamentalmente a la restricción de
sus actividades y a la pérdida de refuerzos.
- Alteraciones comportamentales, como consecuencia de las actitudes
parentales como exceso de permisividad y tolerancia, sobreprotección y debido
también a las ganancias secundarias que la enfermedad conlleva.
- Baja autoestima, debido al deterioro de la autoimagen por los
efectos secundarios de los tratamientos , fundamentalmente la alopecia, lo que
puede interferir negativamente en las relaciones sociales.
Tales alteraciones cumplen
en un principio una función defensiva del organismo, e incluso pueden resultar
apropiadas en determinadas circunstancias. No obstante deben observarse en
cuanto a la frecuencia, intensidad y duración para determinar su carácter
patológico. La resolución adaptativa de estas respuestas psicológicas, que como
hemos planteado son normales y reactivas en su inicio, así como la colaboración
con los tratamientos e intervenciones médicas, dependerá de la comprensión que
tenga sobre tales aspectos. En este sentido la evaluación e intervención
psicológica inicial en el núcleo familiar favorece la cooperación en el proceso
terapéutico del niño, potenciando estilos de afrontamiento adaptativos y estados
de ánimo positivos que estimulen la inmunocompetencia.
Las variables psicológicas
cobran tanta relevancia como los aspectos médicos en cuanto al ajuste y/o
adaptación a la enfermedad. En este sentido, no existen diferencias entre los
niños con mal pronóstico y pacientes en remisión en cuanto a ajuste emocional y
estrategias de “coping”. Estudios rigurosos como Groothenhuis (2.001), han
investigado la adaptación psicológica y social de los niños oncológicos, no
encontrando diferencias con la población de niños sanos. Aunque puedan
sorprender estos hallazgos, también informan de bajos niveles de depresión
comparados con un grupo control, así como de la ausencia de serios problemas de
ajuste, en general. Las razones que pueden justificar la adaptación
satisfactoria son las habilidades de los niños en lo que se refiere a sus
mecanismos de defensa ante situaciones estresantes. El ajuste por tanto es el
resultado de la relación entre las características de la situación estresante y
de los procesos de “coping” y recursos de los que disponga el niño. Los
aspectos de la enfermedad que influyen en tal proceso son fundamentalmente el
nº de hospitalizaciones y su duración, el pronóstico, recaída, y malestar
físico o dolor.
Los componentes que
intervienen en estos procesos psíquicos de defensa son fundamentalmente:
- Evitación y/o negación de la enfermedad. El niño se interesa
especialmente por los aspectos funcionales de la enfermedad, es decir por
aquello que puede o no hacer (si puede asistir a la escuela, jugar con sus
amigos, sobre los procedimientos médicos que le van a realizar etc.…), y no
tanto acerca de la enfermedad en sí. Aunque en un principio el niño necesita
saber lo que le ocurre, y se le debe proporcionar la información adecuada, no
desea profundizar demasiado sobre ella.
- Percepción de control. Es muy importante que el niño obtenga cierto
dominio sobre lo que le ocurre y especialmente acerca de lo que el puede hacer
para contribuir a su recuperación. Ello reduce considerablemente los problemas
de “compliance” terapéutica y los niveles de ansiedad y miedo.
- Expectativas positivas sobre su curación
- Confianza en el tratamiento y en el equipo asistencial.
- Búsqueda de información que favorezca la comprensión sobre la
adecuada interpretación de los síntomas físicos y psicológicos que experimenta.
Por último es importante
señalar que además de estas estrategias de control cognitivo, es necesaria una
actitud adaptativa por parte de los padres que favorezca la normalización del
niño y estimule su sentido de la competencia personal e interpersonal que le
permita su desarrollo hacia la autonomía e independencia en el futuro.